El extraño caso del Perú: un país que crece mientras se cae.
En resumen, los economistas extranjeros y los organismos internacionales suelen poner al Perú como ejemplo de disciplina fiscal y prudencia monetaria. Pero mientras esos aplausos suenan en Washington, en las calles de Lima y las regiones la realidad es otra: pobreza que ha vuelto a bordear el 30% según INEI, anemia infantil que afecta al 40% de los niños, mas de 3 millones de peruanos sin agua, informalidad laboral que supera el 70%, corrupción que corroe gobiernos enteros y una delincuencia que se ha convertido en el nuevo “impuesto” que pagan los peruanos.
¿Cómo entender esta paradoja de un país que “hace bien” su tarea macroeconómica y, al mismo tiempo, fracasa en lo social y en lo político?
Estabilidad macro: el orgullo de tecnócratas y banqueros
La historia reciente muestra que desde los noventa se construyó un marco institucional sólido en materia económica: independencia del Banco Central de Reserva, una política fiscal ortodoxa y la apertura comercial que convirtió al Perú en exportador estrella de minerales, uvas, arándanos y paltas.
Los logros son indiscutibles:
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Inflación baja y estable, en contraste con Argentina o Venezuela.
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Reservas internacionales que actúan como escudo.
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Crecimiento sostenido en las últimas tres décadas (el doble del promedio latinoamericano entre 2000 y 2019).
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Balanza comercial favorable gracias al boom de commodities y la diversificación agroexportadora.
Todo esto es reconocido por el FMI, la CEPAL y los mercados internacionales. Pero, aquí está la trampa, esos logros no se sienten en los hogares.
La otra cara: un Estado que no llega
Mientras los tecnócratas celebran, la vida cotidiana de millones de peruanos cuenta otra historia:
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La pobreza monetaria aumentó tras la pandemia y el rebote aún no es suficiente.
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La anemia infantil es una tragedia silenciosa que compromete el futuro del capital humano.
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La informalidad laboral mantiene a siete de cada diez trabajadores sin seguridad social ni derechos básicos.
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El Estado, pese a tener recursos, no ejecuta más del 30% de su presupuesto de inversión en regiones.
El exministro Waldo Mendoza lo resumió con claridad: “Tenemos un MEF y un BCR que hacen la tarea, pero un Estado que no funciona”.
Las razones del contraste
Este dilema no es casual, tiene raíces profundas:
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Modelo primario-exportador: dependemos de minerales y agroexportaciones, sectores de alta productividad pero poco encadenamiento con el resto de la economía.
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Desigualdad territorial: mientras Lima concentra riqueza y servicios, las regiones rurales siguen con carencias básicas.
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Crisis política crónica: seis presidentes en siete años. Un Congreso fragmentado e impopular. Políticos más preocupados en sobrevivir que en gobernar.
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Cultura de la informalidad: el peruano resuelve por fuera del Estado, con creatividad y desconfianza hacia la ley. Hernando de Soto ya lo señalaba en El otro sendero: la informalidad es motor y lastre a la vez.
Una idiosincrasia que explica la resistencia
El Perú se cae, pero no se hunde. Ese es quizá el rasgo más peculiar de nuestra historia económica. La resiliencia del peruano es admirable: cuando el Estado no llega, la gente inventa negocios, multiplica emprendimientos y recurre a la informalidad como mecanismo de sobrevivencia.
Richard Webb lo planteó en Conexión y despegue rural: el desarrollo peruano ocurre muchas veces a espaldas del Estado. Y Carlos Meléndez lo complementa desde la política: la ausencia de partidos sólidos convierte al sistema en un mercado de favores, no en un espacio de reformas.
El resultado: un país que avanza a pesar de sus gobernantes.
Gran reto para los candidatos a la Presidencia 2026, necesitamos una nueva generación de lideres comprometidos con los intereses de todos los peruanos.
Fuentes y referencias:
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INEI, Informe Técnico de Pobreza 2024.
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BCRP, Reporte de Inflación, junio 2025.
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CEPAL, Panorama Social de América Latina 2024.
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Webb, R. (2006). Conexión y despegue rural.
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De Soto, H. (1986). El otro sendero.
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Meléndez, C. (2012). El mal menor.
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Mendoza, W. (2021). Macroeconomía peruana: estabilidad y fragilidad.